lunes, enero 20, 2020

2020

Dicen los macrobióticos que el balance es una acción continua de fuerzas, y no un estado absoluto que se alcanza “per se”, ya sea para preparar una cena o para organizar la existencia.
La disciplina del yoga propone, a través del cuerpo, algo parecido. Mantenerse en balance, sea cual sea la postura, implica una suma de fuerzas diversas, opuestas, complementarias, confluyentes, que mantienen un estado que llamamos equilibrio.
En el campo de la música, el concepto de balance se correspondería con la idea de armonía (en sentido amplio), donde los eventos se organizan equilibradamente con la combinación cuidada de parámetros y variables.
Pensar el número 2020 conlleva a pensar en un futuro de ciencia ficción. Dada las variables de nuestro presente complejo, el futuro aquí y ahora se vislumbra apocalíptico. Lejos está ese lugar geométrico y plateado, aséptico, de diseño retro y calzas beige que imaginaba en mi infancia. Este futuro a la Philip Dick es más cambalache, de mezclas varias, lleno de basura y miseria, de vieja tecnología y también de invenciones sutiles. 
El flujo histórico no es una línea recta donde una ley armónica sigue a la otra, donde el ruido sigue a lo tónico, etc. sino una melange donde todo convive a la vez. Se legitima el pasado a la vez que se lo neutraliza. Identifico la música actual con esos futuros apocalípticos de la ciencia ficción, de mezcla y confusión. No un futuro new-age diáfano evolutivo, donde cada paso lleva a algo mejor, sino un futuro que a la vez que avanza retrocede.  
Sacando la cabeza de “la obra del autor” -esta idea tan apolillada y a la vez tan vigente- y mirando para el costado…  ¿Cual es la armonía que se puede tener en una composición considerando la desigualdad alarmante del afuera? ¿Para qué tanta abstracción en un mundo que se cae a pedazos?  …donde los chanchos burgueses han evidentemente triunfado y el poder de la Coca Cola sigue mas vigente que nunca?  ¡Disculpen, ja ja! ¡Me tenté con la retórica retro!

 

Una respuesta que me consuela, o que tal vez sólo me justifique, es considerar la abstracción como una herramienta poderosa en una realidad salvaje. Siento que es importante seguir haciendo juegos mentales en un mundo hostil, como dibujar en la cueva de Altamira mientras afuera se morfaban unos a otros y los meteoritos decoraban la tierra. ¿Antropología de goma para justificar un par de multifónicos machucados? Y ojalá que no. 
Esta cadena de sonidos dibujadas en un papelito insignificante en el medio de la burbuja de consumidores de arte abstracto, es como una mini botella sin marca en el flujo de los mercados capitalista de corporaciones sin rostro. ¡Ja, ja! Capuzzoto contratame!!
  


Me gusta pensar que tal vez el equilibrio de las cosas, como en el cuerpo, se da de manera compleja. Que las fuerzas se relacionan en leyes de causa y efecto donde un pequeño gesto (o muchos de ellos) activa la maquinaria compleja del mundo. Y que el arte no sólo importa, sino que es fundamental.  Volviendo a la ciencia ficción, me imagino un presente complejo y divergente pero no como el antaño futuro de Aldous Huxley donde el arte no existe más y es solo “fun”. 
No me imagino un mundo sin arte.  Seria insoportable.  Paradójicamente, el arte es importante especialmente para los que no lo consumen explícitamente, pero que sin saberlo se benefician de los efectos de su existencia (sobre todo sin saberlo, si, ustedes, cabezas huecas!).  
El arte hace un futuro mejor, de verdad, no como los genios de Silicon Valley que con su marketing existencial nos están abrochando a todos. Porque lo inservible del arte, su falta de utilidad y de propósito es lo que lo hace esencial. El arte no tranza ni consigo mismo, y si lo hace, se convierte inmediatamente en otra cosa que podrá tener más rédito, pero que en definitiva no interesa. 
 

Seguiremos trabajando, incansables al pedo y militantes de lo ínfimo.  
Con sueños como pompas de jabón.
Feliz año.




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