domingo, enero 09, 2011

La belleza del tiempo

Estoy escribiendo una obra nueva para un festival en Noruega, Borealis. La compañía Música Temprana que dirige Adrián van der Spoel me invitó a componer una contrapartida contemporánea a un repertorio enmarcado dentro del estilo “Barroco Latinoamericano”, oportunidad que agradezco profundamente por la posibilidad de entrar en la cocina de este repertorio (sino cómo?) y el proceso de trabajo y estudio dedicado de Adrián y su grupo de trabajo.  

Ahora, 

…a la pregunta siempre abierta sobre el tiempo musical se le agrega ahora la pregunta del diálogo con una música de otra época, un tiempo histórico diferente, que llega al presente como reconstrucción y resonancia. Leo (y amo, no hay otra palabra) a Walter Benjamin y sus pensamientos sobre la historia en “Sobre el concepto de la historia”.

Ante la primera reacción de demoler con una maza todos estos bienes culturales burgueses e irme a vivir a la selva tropical para empezar todo de nuevo, bajo un cambio, me tomo un mate y comienzo a disfrutar de los conceptos de la belleza y la crueldad del tiempo. Dónde estoy parada? Qué significa todo esto? Qué es el tiempo? 

Dice Benjamin:

La imagen verdadera del pasado pasa fugazmente. Sólo el pasado puede ser retenido como imagen que fulgura, sin volver a ser vista jamás, en el instante de su cognoscibilidad.

Dijo yo -forzando al pobre Benjamin a un imaginario diálogo conmigo:

La imagen del presente es también fugaz. La linealidad de un presente liso es tan ilusioria como un pasado en bloque. La fugacidad no tiene que ver sólo con la condición de pasado que aparece intermitente, sino con la pantalla donde se refleja ese pasado, es decir, este presente puro, que no es tampoco liso sino fragmentado. No tiene que ver con la naturaleza continua o discontinua de un hipotético pasado o presente, sino con la misma naturaleza del tiempo, que tiene agujeros, ahora, antes o después. 

Me gusta pensar en el mecanismo del tiempo, como un interruptor con falso contacto que se prende y apaga en forma azarosa, dando una ilusión de continuidad que ilumina la habitación donde estamos de forma intermitente. Me gusta pensar en la música como manojo de tiempo, agarrado con hilos y cintas precarias. A veces discurre casi sin interrupciones. La mayoria de las veces es puro salto, o pura espera. Cuantas más notas, cuanto más artificio, más espera; más tratar de llenar un vacío que se vacía aún más. Esa es la problemática contemporánea de los conciertos vacíos que adjetivamos aburridos. No pasa históricamente nada relevante.  

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