martes, junio 23, 2009

Saramago tiene razón

¿Hay una forma distinta de escribir para el blog (más rápido, sin tanta corrección...)?

No falta quien piense mucho para responder: "La practica del blog ha llevado a la escritura a muchas personas que antes poco o nada escribían". Lástima que muchas de ellas piensen que no merece la pena preocuparse con la calidad de estilo de lo que se escribe. El resultado está siendo que, a la vez que se escribe más, se está escribiendo peor. Personalmente cuido tanto del texto de un blog como de una página de novela.

Al principio del libro usted escribe "El blog va iluminándole el camino al autor". ¿Qué significa eso?

Si el blog es un espacio para la reflexión, y yo intento siempre que lo sea, no debe sorprender que ilumine a quien lo escribe. Es una consecuencia lógica

José Saramago: "Con los blogs se escribe más, pero peor"


Pienso muchas veces en que significa tener un blog: un espacio entre público y semiprivado, bastante espontáneo y muy autoreferencial...

A mi muchas veces me da "cosita" escribir cosas "personales" de índole cotidiana y sin el más mínimo interes general como mis reflexiones acerca de un esguince que tuve en yoga. Luego me encuentro con un amigo en la calle que me dice "Leí en tu blog que te esguinsaste" y a mi me da vergüencita de mi misma- me iría corriendo a no ser por el esguince, del que por suerte. queridos lectores, ya estoy recuperada. Como dice Saramago, el acto de la escritura ilumina a quien escribe, o como decía Mariano Etkin, "el hambre viene comiendo". Yo estoy encantada con este espacio.

sábado, junio 06, 2009

Go

Hay momentos en la vida en que uno se tiene que mover, quiere cambiar cosas, ir a otros lugares, hacer un nuevo ajuste entre el mundo de lo pragmático con el mundo de las expectativas.
Y aquí me vienen una imagen a la mente, como un especie de heliograma de un chino diciendo cosas en mi oreja (¿por qué los chinos tendrán el copyright del aforismo?). Ten cuidado con lo que deseas porque se cumplirá… y sí, las cosas realmente deseadas llegan. Pero lento. O muchas veces cuando una ya nos las desea más (tal vez no se deseaban lo suficiente).
Tico, mi compañero de tercer grado, que no es chino sino argentino y traumatólogo y saxofonista, me escribe que “lento se llega igual”. Prescripción adecuada para un ataque de ansiedad: Doctor, me duele el rubato!
Y las metas que funcionan son aquellas a larguísimo plazo, los cambios importantes - en estilo musical, cambios de alimentación, ni hablar de novios! - no son lentos, sino lentísimos.
El go es un especie de ajedrez chino (que en realidad no tiene nada que ver con el ajedrez) donde ambos contrincantes van poniendo sucesivamente cientos de piecitas blancas y negras sobre un tablero de innumerables cuadriculas pequeñas, una a una a una a una a una a una, mil veces. Las estrategias del go se arman a largo plazo ya que encerrar al otro armando una figura con las sucesivas piedritas lleva muchísimo tiempo e innumerables movidas, que además se van midiendo milimétricamente con las posiciones que va armando el otro contrincante. Pero, cuando la figura se arma, no hay vuelta atrás… como desandar tanto camino meticuloso? Sólo pateando el tablero (y eso no queremos!).
Casi siempre uno quiere todas las cosas ayer. Y en la vida hay mucho tiempo. Hay tiempo de ir armando la estrategia de a poco, pensando, redondeando el deseo, cambiando de idea, afinando la puntería. Porque mientras se espera, el tiempo nunca está detenido sino que paradójicamente está transcurriendo, como dicen los españoles, “a su aire”. Y por lo general la inmediatez estrepitosa no es más que la espuma de las cosas. Es lindo trabajar años por una idea, construir el ladrillo diario de la casita, poner la nota laboriosamente, la blanca, la negra, una al lado de la otra al lado de la otra al lado de la otra…

viernes, junio 05, 2009

Con los ojos abiertos


Me quedé pensando en el flautista canadiense Daniel Buscher tocando mi "Música invisible" con los ojos vendados
http://lacocinadece.blogspot.com/2009/05/con-los-ojos-vendados.html
y lo relacioné con el libro “La trampa de Goethe, una aproximación a la iluminación en el teatro contemporánea, de Gonzalo Córdoba” que me regaló mi amigo Pablo Fontdevila, iluminador y coreógrafo.
La obra en si misma es la desocultación de un ente y el espectador cierra su círculo. Si el actor lleva una venda en los ojos, ese sinsentido finalmente obligará a contemplar lo que los actores ocultan.
Es una libro bellísimo entre filosófico y poético que toma como referencia los extensos textos de Goethe sobre la luz (Estudios sobre el color).
Ahora el espacio es infinito y la luz forma parte de ese espacio en su doble condición, tanto como cosa que desoculta la verdad para que el espectador la redescubra y también como tiempo en la medida de la contemporaneidad de la revelación.
La luz entonces recorta –muestra- un espacio, el de una realidad posible entre tantas. La luz siempre habla de límite con la oscuridad como dos partes complementarias del mismo fenómeno. Lo oculto se sostiene en lo develado. Sin revelación no hay secreto ya que la pregunta de la oscuridad se formula a partir del territorio iluminado.
La luz ilumina y crea lo visible, lo “que es”. Y el ojo mira, con la mecánica de las leyes de la física y con la maquinaria de interpretación y significación de lo que se ve. Veo lo que hay y lo que entra en mi campo de representación, la que ya no es visual sino palabra, idea, concepto, frase musical.
Mirar con el corazón, con el alma, con la piel y también con los ojos. Mirar con los oídos la música de la luz. El tiempo que transcurre ante el yo sentado, ante el yo contemplativo, es continuo. Un tiempo en colores, en texturas, en formas y volúmenes cambiantes. Es un ahora, un tiempo contemporáneo que se mezclan con otros tiempos subjetivos: los recuerdos, los sueños, los olvidos, los deseos.
Pero también veo en la oscuridad, veo con los ojos cerrados, en ese espacio oblicuo que significa la representación. Veo lo que no veo.

Hoy hablabamos con Abel Paul de su obra Vacíos, donde todo transcurre desde las bambalinas hacia un escenario lleno de objetos accionados desde el "no escenario".
http://abel-paul.blogia.com/2009/051301-musica-como-residuo.php

Me gusta la metáfora de la música como invisible porque se habla de los límites de lo que es y de lo que no es, de lo que se percibe , lo que no y lo que se construye por medio de la imaginación. Porque invisible no es inaudible. Invisible es lo que está fuera de lo que se quiere mostrar, como un espacio surcado de contrastes, de presencias vagas y de sombras: un espacio oscuro lleno de cosas y cuyo misterio se construye a partir precisamente de lo que se muestra.


martes, junio 02, 2009

La vida pende de un hilo

Me pregunto como armar estructuras consistentes con aire, con detalles, con pequeñeces. Pienso en las maquetas con hilos de la sagrada familia de Gaudí, tan sólidas en su fragilidad, tan consistentes en su delirio. Ideas tan fuertes y frágiles como la existencia. A Gaudí lo mato un tranvía cruzando la calle.
Pienso en Nono y en los bocetos del cuarteto de cuerdas “Fragmente…” que tuve la inmensa alegría de poder ver en Venecia. Bocetos calculados, cuentas, proporciones, detalles. La superestructura del Fragmente está constantemente quebrada por la fragilidad de los recursos de otras cuerdas, suspendida en la catedral de los innumerables silencios y fragmentaciones del discurso. La organicidad de la existencia también se vuelve frágil en Nono. La música se escucha abstracta y calculada a la vez. Como el diseño del agua o de la nieve.
Mi pieza para órgano se llamara por eso La arquitectura del aire. No del aire soplado, no del aire de la respiración, sino del aire que hay entre las cosas.

Futuro


Yo de chica me imaginaba en el futuro enfundada en neoprem y sentada en una casa tipo nave espacial mirando un haz de luz con sonidos cambiantes. Era una especie de televisión tridimensional sin imágenes figurativas y la música no tenía ni melodía ni ritmo. Algo tipo ambient (en mi paisaje bucólico-futurista jamás me imaginaba adicta a las series yanquis como soy ahora!)
A veces me parece que el mundo se está volviendo un lugar cada vez más grosero, más pragmático y material, y que la música se desarrolla naturalmente hacia un lugar cada vez más abstracto y por eso el mundo y su representación están cada vez más alejados: o se vive en el mundo de “las notas” o en el de la abstracción desesperante. Filosofía de estaño.

La función hace al órgano


La expansión de los instrumentos me lleva cada vez más a una música fuera de los instrumentos. A una música de gestos, de guiños, de expectativas, de pequeños ruiditos, de movimientos, de luces. A una música de instrumentos frágiles, cada vez más aún. Es como si las técnicas se hubieran expandido a una nada instrumental, donde paradójicamente el instrumento sigue siendo de alguna manera el protagonista, pero como una aureola. El recuerdo de lo que era reemplaza a la vivencia, pero no es un recuerdo basado en la nada, sino en prácticas que se alejan cada vez más como las estaciones de un tren que mira para adelante pero que sabe de su pasado.
Aureola de órgano, de timbal , de nota. Un recuerdo de algo que era una trompeta. Tengo la sospecha de que cuanto más borroneados los instrumentos, son más ellos mismos.
Los instrumentos van creando en mi necesidad de decir algo, un nuevo mapa acústico, de regiones borrosas y de gestos fuertes. Lo que permanece es la notación, que abrocha estas vaguedades en un discurso pentagramado, como una manera de darle entidad a lo efímero y salvarse de la desaparición.
Mi pieza para órgano y dos percusionistas va a ser una pieza de hilitos colgando, de ventiladores y aire en movimiento. Una pieza hecha casi con nada. Y surge como siempre la pregunta de cómo hacer posible la convivencia de objetos frágiles y dispersos en un marco que les de sentido. Como hacer que la nada sea consistente.
Tengo una carta en la manga, siempre la misma, como un mantra que me acompaña y me justifica. Esa carta son las estructuras rígidas: una arquitectura “sólida” que luego la llenaré de nadas, de espejitos de colores, de vaguedades y desasosiegos instrumentales.
Así que así voy por la vida, entre la calculadora y la metáfora, entre la organología de los instrumentos y la ley de los objetos encontrados.
Es como si escribiera una música de símbolos musicales donde los objetos han sido pulverizados y solo quedara un vocabulario deshilachado en función de una gramática viva.
Se me ocurre olvidar los instrumentos de a poco, pedirle a los luthiers que los vayan borrando, a los intérpretes que los extralimiten hasta la desaparición, hasta que se vuelvan pura función, pura esencia.